El hecho de coger una baja me resultaba muy vergonzoso. No sé muy bien cómo explicarlo, pero viene siendo algo así como que era demasiado joven para estar de baja, que no se me notaba nada exteriormente (salvo la calvita y la eccema de la cara), qué iba a hacer con tanto tiempo, seguir recibiendo un sueldo sin trabajar (se trabaja y se cotiza para eso, pero en ese momento yo no lo veía)…era un cúmulo de sensaciones que desde luego al principio hacían que me sintiese muy inútil. El típico: “ya no valgo para nada”. Estas sensaciones estaban mezcladas con los primeros días de medicación (antidepresivos y ansiolíticos) que hacen que te sientas aún peor. (Ya trataré este tema en otro post).

Sin embargo, esa bolita de fuerza y energía que tengo en mi interior desde siempre me decía que esperase, que dejase pasar el tiempo y que esperase a que la medicación hiciese su efecto. Probablemente, si mi psicóloga no me hubiese avisado de los primeros efectos de la medicación me habría desquiciado pensando cómo podía estar peor medicándome que sin medicar. Cualquier duda que tengáis sobre vuestra medicación debéis preguntársela a vuestro médico. Es vuestro cuerpo, vuestra salud y vuestra responsabilidad estar bien informados acerca de lo que os pasa, no os quedéis con dudas. En mi caso mi psicóloga me lo contó todito con pelos y señales sin preguntar nada. Después ya era yo la que le preguntaba de todo.

Y obediente como soy yo con los consejos que me daba mi psicóloga decidí que iba a ir a mi compra semanal muy “guapi”. Así que me levanté, desayuné con toda la calma del mundo (me encanta desayunar despacito y leyendo) y me puse guapa. Me puse un abrigo color mostaza precioso y me maquillé…con los labios de color rojo (sí, ya sé que igual es un poco exageradito para ir al supermercado, pero en ese momento me hacía sentir bien, y de eso se trataba). Salía dispuesta a comerme el mundo y pasar un día trabajando en sentirme bien. El día era muy bonito, hacía un sol precioso aunque hacía bastante fresco esa mañana pero se auguraba una tarde calurosa. Lo típico de la primavera.

Cogí el coche y conduje los 7 minutos que me llevaba llegar al supermercado. Salí del coche casi como una actriz de Hollywood, sólo me faltaba ir saludando a los asistentes al supermercado como si de una alfombra roja se tratase. Entré y cogí la típica cestita/carrito e iba cogiendo mis cositas.

El supermercado
El camino hacia el supermercado

Y me encontré con una señora conocida de toda la vida. Y el diálogo fue algo así:

La señora del supermercado: Hola, ¿Qué tal? Yo: Hola, bien, ¿qué tal? La señora del supermercado: Ya me dijeron que estabas de baja. Yo: Sí, bueno, llevo una temporada que no me encuentro muy bien, así que lo mejor era parar y recuperarme. La señora del supermercado: Pues no me parece que te pase nada. Yo te veo muy bien. Como siempre.

Me despedí de ella, dejé la cesta/carrito donde estaba, llena de cosas y me fui corriendo al coche. (Mis disculpas a las chicas del supermercado que tuvieron que recogerla). Desde que cogí el coche parecía que no respiraba, estaba un poco en shock. No lloré hasta llegar a casa y haber cerrado la puerta, pero ahora me sentía pequeñita, pequeñita, pequeñita.

A día de hoy quiero pensar que las palabras de la señora del supermercado no tenían mala intención, pero fueron 30 segundos de conversación y las palabras erróneas que me hicieron volver al pozo durante dos días.

Ese día, cualquier persona que me hubiese visto y no me conociese podía haber pensado que era la persona más feliz del mundo y sin embargo, para poder salir de casa había realizado un esfuerzo, para mí en aquel momento, titánico.

Incluso a día de hoy, que llevo una vida completamente normal, nadie diría que me pasa nada, pero muy pocos se enteran de mis episodios de palpitaciones, de mis días de agotamiento físico, de mi sangre ardiendo por las venas, de miedos que no vienen a cuento…

Si la ansiedad es difícil de comprender para quienes la padecemos me imagino que para el resto de la gente mucho más, o ni siquiera llegar a entenderla. Ya se sabe, sólo se entiende lo que se padece. Pero por muy bien que se vea a alguien por fuera nunca sabemos las batallas que están luchando en su interior y por eso debemos tener mucho cuidado con nuestras palabras. Y nosotros los ansiosos no debemos dejar que ese tipo de comentarios, sean intencionados o no, nos hagan daño.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2017, más de 260 millones de personas sufrieron trastornos de ansiedad. Una cifra nada despreciable. Y por eso es tan importante darle visibilidad, dar información y desestigmatizar. La gente que padecemos ansiedad no somos nerviosos, no tiene nada que ver con eso. Padecemos un trastorno que no hemos escogido y que en bastantes casos imposibilita llevar una vida normal, igual que nadie escoge partirse una pierna. Pero cuando vemos a alguien con muletas le preguntamos cómo va, cuánto tiempo le dan para la recuperación y los ansiosos recibimos caras raras. En mi caso particular tengo que decir que no demasiadas, he tenido suerte, la gente de mi alrededor me ha entendido y me ha acompañado en mi proceso.

Repito, muy importante darle visibilidad, dar información y desestigmatizar. Hablemos de ansiedad, que somos ansiosos pero también queremos vivir la vida.

¿Os ha pasado algo parecido? Contadme episodios de vuestra ansiedad en los comentarios.

¡Cuidaos mucho y disfrutad!

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2 comentarios

Veda · 09/11/2019 a las 15:38

Tan cierto tu escrito! La gente me dice, “admiro lo fuerte que eres”. Porque no me han visto por dentro, cuando estoy sola en mi cuarto en un mar de lágrimas, cuando (al igual que tu) he ido al supermercado y he dejado todo y me voy pues siempre eramos 2 los que ibamos y él ya no está.

    Paseando Con Mi Ansiedad · 09/11/2019 a las 15:48

    De hecho se suele decir que padecer ansiedad no es de débiles, sino de haber intentado permanecer fuerte demasiado tiempo. Tú puedes Veda. Él sigue contigo. Lo malo de estas emociones es que son invisibles. Un beso y un abrazo.

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