¡Uhhh! ¡Qué relación la mía con el sol! Es una de esas relaciones amor-odio. Os cuento.

De los mejores recuerdos que tengo de pequeña es pasarme los veranos en la playa. Al sol de la tarde cada uno de los días del verano. Me gustaba porque andaba por la playa como si fuese mi casa. Me conocía debajo de qué piedras estaban los cangrejitos, jugaba a destapar las pulgas de mar que estaban debajo de las algas, hacía figuritas de arena, nadaba, nadaba mucho, daba paseos con mi primo, hacía comidas con algas (ricas, ricas y con fundamento), hacía hoyos, veía la marea subir y bajar. Bueno, ya sabéis, estilo Mowgli, que es lo mío.

Cuando no estaba en la playa estaba haciendo inventitos en el terreno de casa, lo típico: comida con tierra, plantaba muchísimas semillas de todo, aprendía de hormigas, de lagartos…sí, como Mowgli pero en niña.

Cada rato que tenía lo pasaba al aire libre, al sol…no me molestaba, me encantaba. Bien es cierto que siempre tuve algo de fotosensibilidad. Recuerdo que a veces se me levantaba dolor de cabeza y me molestaba en algunos momentos por tener los ojos claros.

Luego vino la edad adolescente y ahí empezó a cambiar mi percepción del sol, en parte porque a esa edad ya no puedes coger cangrejitos ni hacer comiditas con algas, lo cual para mí significaba tener que quedarme quieta, tirada en la toalla y eso…era como atarme. Ya tampoco podía bañarme y nadar porque en la adolescencia el termómetro corporal se me reguló y, para mí, el agua de mi adorado Atlántico comenzó a estar congelada…cosas de hacerse mayor…

Con lo cual, las tardes de verano empezaron a convertirse en un aburrimiento infinito y sin poder refrescarme y sin poder moverme y sudando y moviéndome y llenándome de arena que se quedaba pegada en la crema de protección y volviendo a moverme y seguir sudando y… BASTA!!! De repente no me gustaban ni la playa ni el sol.

Dejé de ir a la playa alrededor de los 20 años y a partir de ahí desarrollé una obsesión compulsiva por la cual no quería ni que el más mínimo rayo de sol tocase mi piel y que ha durado unos 14, 15 años…Una fotofobia bastante considerable. Con lo que yo había sido…la reina de las tardes en la playa, y ahora no quería ni pisarla. Bueno, para pasear sin sol, sí. Hice un breve intento a eso de los 23 o 24 años con unas amigas…pero no me resultó ni fácil ni agradable. También se unen esos maravillosos complejos que nos acompañan a esas edades y a que odio irremediablemente los bikinis…prendas del demonio…

Poco a poco esa reacción negativa al sol fue agravándose hasta el punto de que si podía ir por el lado de la acera con sombra era mejor que ir por la del sol. Más que Mowgli era como un murciélago huyendo de la luz al amanecer.

En aquel momento, no conocía, ni intuía, la relación que podría tener el sol con el bienestar. La descubrí después de haber estado en tratamiento por la ansiedad cuando empecé a investigar sobre estos temas.

Cuando nos exponemos al sol estimulamos la generación de vitamina D que es muy importante en distintos procesos metabólicos de nuestro cuerpo y que según varios estudios, su deficiencia, está relacionada con el insomnio, ansiedad, depresión, dolores neuropáticos, fibromialgia, etc.

Esta vitamina modula la inmunidad, lo que ayuda a prevenir las alergias, los trastornos autoinmunes y, según muchos investigadores, las enfermedades degenerativas.

La vitamina D podemos obtenerla a través de una alimentación sana y variada, pero bien es cierto, que los alimentos no tienen suficientes cantidades de esta vitamina y por tanto necesitaremos de algún suplemento (ojo, por favor, siempre bajo prescripción médica) o tomar el sol.

Hay numerosos estudios que han comprobado que en la población del norte de España hay una mayor incidencia en el número de depresiones que en el sur y que está íntimamente ligado al número de horas de exposición solar.

Es necesario, que al menos durante 15 ó 20 minutos el sol nos dé en la cara sin gafas de sol para que el cerebro perciba el estímulo que hace que comience el mecanismo de sintetización de la vitamina D. Tampoco necesitamos estar 5 horas tumbados al sol, bastan 15 ó 20 min diarios.

Lo mismo sucede con respecto a la serotonina de la que ya hemos hablado en uno de los anteriores posts. La vitamina D también influye en el proceso sintetización de serotonina y dopamina tan necesarios para nuestro bienestar, y por tanto su deficiencia afecta al proceso.

A día de hoy me he reconciliado, un poquito, con el sol. En verano intento tomar el sol un rato en la terraza de mi casa, al menos una hora al día…pero a veces me cuesta. Aun así, como sé que es bueno para mi salud y en particular para mi ansiedad, lo hago. Y si salgo a pasear me subo las mangas para tener un poquito más de superficie corporal en contacto con el sol directo. Si salgo a tomar algo y hace sol, busco una mesa en la que pueda estar ese rato haciendo la “fotosíntesis”. Me gusta esa sensación de calorcito en la piel, de nuevo. Ahora vuelvo a ir por la acera en la que da el sol…

Así que ya sabéis, a tomar el sol…¡pero con cabeza!

¡Que tengáis buena semana!

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2 comentarios

SCB · 14/12/2019 a las 14:18

Precioso relato. Me encanta leerte y reconocerte tal cual tu eres.
Ojalá todos tuvieramos la valentía de enfrentarnos a nuestros «demonios» y vencerlos como tu lo haces.
Un besiño.

    Paseando Con Mi Ansiedad · 19/12/2019 a las 22:44

    Muchas gracias por tu comentario. Mi lucha es como la de cualquier otra persona contra la ansiedad. Lo importante es visibilizarla, desestigmatizarla y dar información, que hace mucha falta. Un besiño!

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