La calma es tan necesaria como difícil de alcanzar. Vivimos en una sociedad donde el día a día nos exige tanto a tantos niveles que lo único que conseguimos es que nuestra mente rebose hasta decir “basta”.

Trabajo, vida social, pareja, familia, amigos…queremos estar para todo y para todos. La sociedad nos invita a no parar, a seguir persiguiendo metas y objetivos unos detrás de otros entrando así irremediablemente en la espiral de la ansiedad.

Hay que trabajar bastante para que estas cosas dejen de afectarnos tanto como para que nos mantengan en un estado de ansiedad permanente. ¡Pero se consigue!

No se trata de lograr la paz negando la realidad sino de no exponernos innecesariamente a cosas que nos hacen daño.

La forma más inteligente y responsable de hacerlo es esforzarnos en mantenernos lejos de estímulos negativos, de conversaciones insensatas y personas tóxicas.

No se trata de mantenernos indiferentes sino de manejarnos de manera diferente: siempre está a nuestro alcance devolver una sonrisa amigable, no olvidar dar las gracias, esas pequeñas cosas que nos hacen los días más agradables y fáciles de llevar.

No enfrentarnos, observar sin reaccionar, estar de manera silenciosa y priorizar tener calma en lugar de tener razón.

Poder serenar nuestras emociones y eliminar los malos pensamientos es fruto de un arduo trabajo interior en el cual aprendemos a vernos, a reconocernos y a aceptarnos a nosotros mismos tal como somos. Y cuando aprendes a verte, a reconocerte y a aceptarte tal y como eres sientes una calma que no hay dinero que pueda pagarla. Porque ese estado de calma te hace reflexionar de manera coherente a la hora de resolver tus problemas y te aporta la fortaleza suficiente para enfrentarte a todo lo que venga.

Se trata de aprender a elegir a conciencia con quien o con quienes compartir nuestro tiempo y saber decir “no” a aquellos eventos, conversaciones y personas que nos agobian y podemos evitar.

Aquí os dejo un fragmento de un poema del  Dalai Lama que leí hace tiempo y que me encantó.

Se llama calma y me costó muchas tormentas.
Se llama calma y cuando desaparece…. salgo otra vez a su búsqueda.
Se llama calma y me enseña a respirar, a pensar y repensar.
Se llama calma y cuando la locura la tienta se desatan vientos bravos que cuesta dominar.
Se llama calma y llega con los años cuando la ambición de joven, la lengua suelta y la panza fría dan lugar a más silencios y más sabiduría.
Se llama calma cuando se aprende bien a amar, cuando el egoísmo da lugar al dar y el inconformismo se desvanece para abrir corazón y alma entregándose enteros a quien quiera recibir y dar.

Se llama calma cuando la amistad es tan sincera que se caen todas las máscaras y todo se puede contar.
Se llama calma y el mundo la evade, la ignora, inventando guerras que nunca nadie va a ganar.
Se llama calma cuando el silencio se disfruta, cuando los ruidos no son solo música y locura sino el viento, los pájaros, la buena compañía o el ruido del mar.

Se llama calma y con nada se paga, no hay moneda de ningún color que pueda cubrir su valor cuando se hace realidad.
Se llama calma y me costó muchas tormentas y las transitaría mil veces más hasta volverla a encontrar.
Se llama calma, la disfruto, la respeto y no la quiero soltar…

Espero que os haya gustado y os invito a practicar la calma.

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2 commentarios

Belén · 13/12/2019 a las 21:24

Que poema tan bonito y cuánto dice.

    Paseando Con Mi Ansiedad · 14/12/2019 a las 07:05

    Es precioso y además solo con leerlo ya relaja.
    Muchas gracias por tu comentario.
    Un saludo

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